Esos grandes ojos fijos.

Nada se compara con su mirada. Si ella mira, nadie más mira. Sus grandes cuencas rellenas de color son a la vez el todo y la nada. No sabría dejar de mirarlos. Son tan hermosos los ojos de mi amada que el mundo quisiera ser mirado por ellos. Pero no tiene tanta suerte, no. Sólo ella puede mirar a través, porque son suyos, aunque también un poco míos.



Cuando quieren se visten de verde, cuando no, se ponen el manto oscuro; pero pase lo que pase, no desvelan nada. Tan sólo que son sinceros y puros. Puros como el blanco que rodea su iris. Y que decir de la lucha por la pureza máxima que existe entre su globo ocular y su piel. Su piel, tan fina como su mirada, asombra y remata. Como la textura de la miel. Hermosa, linda, preciosa, así es mi mujer.

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