Si no lo inventamos, no existirá un final para nuestra historia.

Mi mano acariciaba lentamente su pecho, mientras mi cabeza estaba colocada en el hueco exacto para que mi oído coincidiera justo encima de su corazón. Su mano izquierda jugueteaba dulcemente con algunos mechones de mi pelo. Sus dedos libres correteaban por mi espalda, dibujando extrañas formas geométricas y dejando un rastro de intenso fuego allá por donde pasaban. Sus labios besaron mi frente y un escalofrío tan intenso como mi felicidad en ese momento, inundó mi cuerpo. Él sonrió con esa sonrisa suya que iluminaba toda la estancia. Yo, anonadada con la inmensidad de sus ojos, había perdido la noción del tiempo. Ya no importaba nada, sólo nosotros. Nuestras caricias, nuestros besos y nuestros juegos de miradas. Porque desde hacía ya bastante tiempo nos habíamos vuelto especiales. Nos complementábamos. Nos apoyábamos, nos ayudábamos. Nos queríamos. Y así lo demostrábamos, con nuestros interminables días y nuestras cortas noches juntos. Jugando a ser más listos que la luna. Más brillantes que el sol. Jugando a querernos y a robarnos besos. Jugando a ser eternos, a no tener fin.

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