Seguía ahí, y siempre lo haría.

Derrotada, pegué mi espalda a la pared y me deslicé hasta el suelo. No tenía una noche tan mala desde hacía mucho tiempo. Aún no había amanecido. La oscuridad que reinaba en la calle penetraba en mi habitación a través de las rendijas de las persianas y formaba extrañas sombras en las paredes que me rodean, haciéndome sentir cada vez más pequeña e insignificante. Las gotas de sudor comenzaron a secarse. Me di cuenta de que todo mi cuerpo estaba empapado. Pero el miedo me paralizaba. No podía moverme. Las lágrimas desbordaron por mis ojos y no pude hacer nada. Sólo temblar de miedo y tiritar de frío. Sola, entre aquellas cuatro paredes. Esa pesadilla me perseguía. No me dejaba ni una noche tranquila. Perderle era lo peor que podía pasarme. Incluso preferiría la muerte. El dolor me abrumaba. Pero justo en el momento en el que ya no podía retener más los gritos de pánico, el teléfono vibró, Era él. Mi sueño se repetía todas las noches, al igual que su llamada para tranquilizarme y decirme que seguía ahí, y que siempre lo haría.

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