Ella era la pólvora
y mi misión era poner la chispa.
Y no hubo fuego hasta que descubrí
que el secreto estaba en la manera
en que sus ojos ardían.
Y después fue fácil.
Mis manos friccionaban con sus curvas
y se prendían nuestras almas.

Y por mucho que ardiésemos
sus ojos no se apagaban.
Y aunque pasara el tiempo
quemaban como el primer día.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada