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El suicidio de corazones ya no es una opción a todo este desbordamiento de emociones. Digamos que todo se hace mínimo a tu lado, pero me diseca las venas en tu ausencia. El odio irracional deja de serlo cuando se convierte en mi propia esencia,  un color negruzco que se lanza a conquistar cada parte de mi, y que sólo yo misma puedo controlar. Y ni eso. Cuando queda fuera del alcance de estas manos, ya no hay marcha atrás.  La explosión de la rabia es inminente, desde dentro, destrozando cada poro de mi piel. Y ni saltando por el precipicio implosiona. 
Impostora soy, de tus recuerdos. Cuando te colabas en mi cabeza porque te apetecía dar un paseo pisoteando mis dendritas, acusando me a cada paso, de no haber sabido quererte. Cuando me susurrabas que por mucho tiempo que pasara, no lograría querer a nadie como te quería a ti, que no lograría que nadie sintiera, lo que tú sentías por mi. Y en parte era cierto. Ni mi corazón palpita por otro, con ese ritmo frenético al que le tenias malacostumbrado; ni mi cuerpo yacía con otro como lo hacía contigo. Todo los artificios que me inventaba para que parecieran movimientos monótonos, y al final todo se resumía a una idea del recuerdo que tu embargaste en cada trinchera
Y así,  con cada paso adelante, me hundía más profundo. Sin vuelta atras, sin retorno a dos corazones siameses que incluso separdos,  latian al mismo ritmo.

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