Como una mañana sin amanecer
un corazón sin latidos, ausente de un mundo muerto que no quiere seguir rotando. 
Un frenesí apagado ante el movimiento de mis piernas enredadas
en tus caderas,
que bailan al compás de un disco que nunca llegó a reproducirse.
Pero como siempre,
tu cabeza,
es el habitáculo de las ideas más geniales del mundo,
incolora,  in(d)oloras e insípidas.
El acompañamiento único y perfecto
como el pan que se disgrega en la mesa en su debido momento.
Eso somos nosotros, migas a destiempo que aún buscan
la manera de manera de revertir el sentido de las manecillas
que corren como en una eterna carrera de segundos.
Pero lo cierto, es que nos otros siempre fuimostramos los primeros
en eso de buscar la manera más fuerte de amarnos.

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