Y se hizo una noche tan oscura que incluso era reina de las tierras de nadie. Rodeada de una bruma peculiar y tenebrosa que te rodeaba con sus largas lenguas de fuego helado. Te abrazaba y te absorbía, aislandote de la luz, acercandote a la nada. Sin oposición, sin fuerzas. Sin impedimentos. Dejarse llevar como si de una hoja seca de otoño, proveniente de un alto árbol que gobernaba el bosque más lúgubre

Y con mil adornos todo se torno bello. Bello hasta tal punto de morir en plena vida, en pleno auge de felicidad. De nuevo. Como si lo imposible nunca lo hubiera sido. Hubo dolor, por supuesto. Y de una manera u otra, lo sigue habiendo. Pero es una espinita que solo se clava cuando se hacen movimientos bruscos. Y por ahora,  al volar no se nota. Solo en la soledad del aterrizaje, al caer con los tobillos hechos polvo y las rodillas saturadas, notas ese pinchazo leve que te produce la estaca. Y hasta ahora era sobrellevable, aunque no he dicho soportable. Aunque quizás me gustaba soportarlo. Era lo único que me quedaba para recordarlo. Para recordarle. Pero en ese punto de inflexión en el que la luz y la oscuridad luchan en un fuero interno que parece muerto y no se sabe bien quien o qué gana, todo cambio. De repente. De un momento a otro. Con tan solo un par de palabras adecuadas, unas miradas cómplices, y un abrazo eterno que me hizo comprender que no hay nada bueno ni nada malo tampoco. Solo hay experiencias de las que se aprende, caminos que no se deben de volver a pisar, y lunas que no está mal compartir de vez en cuando. Me he dado cuenta de que solo se olvida si se quiere olvidar, y de que solo se quiere si se está dispuesto a querer. 

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