Diferente.

Nunca me habia pasado.
Yo estaba en mi casa,
en mi sofá, 
con cientos de mantas,
y un gran bol de palomitas.
Y aunque es cierto,
y sabia 
que mi estómago jamás podría con todas ellas,
no compartía.

Allí estaba yo,
en mi casa.
Pensando en mis cosas,
Ahi,
 con el corazón cerrado.
Cerrado al querer y
cerrado al que me quieran.

Digo estaba,
y no estoy; 
porque ahora bailo bajo la lluvia;
con una esperanza renovada, 
con unos estereotipos completamente destrozados;
con una verguenza inmensa,
y con unas ganas de seguir bailando,
que jamás habían estado en un estadio tan alto.
Porque la esperanza tiene más fuerza que el amor.
Y cuando se juntan son invencibles.
Me gusta la oscuridad
Porque estás solo,
incluso cuando no lo estás.
Me gustaría decirte que vuelvas,
que te echo de menos.

Que sin nuestra rutina me cuesta completar la mía, 
que no te he olvidado,
ni me he acostumbrado a estar sin ti.
Que el tiempo que pasábamos juntos, 
ahora lo vivo 
en la soledad de nuestros recuerdos,
entre los brazos fantasmas que un día me abrazaban.


Me gustaría que me dijeras qué hice mal,
que dije que te ofendió,
o que no dije, quizás mejor.

Necesito que suene el teléfono y tropezarme una y mil veces con tu voz al otro lado.
Porque las heridas dejan de doler si estoy entre tus labios.

Necesito que me digas que nada ha cambiado, 
que me echas de menos, 
y que quieres volver a hacerme tuya 
otra noche de tormenta
en la que lo único que está bien 
somos nosotros.

Ese día discutimos.

Ese día, discutimos.
Yo estaba enfadada porque no notaba amor, y otros querían dármelo. Sus ganas de verme disimulaban muy bien, y como si un vaso de agua fueran, habían apagado las mías.
Ese día discutimos porque mi corazón ya no se aceleraba cuando me besaba, pero sentados en aquel banco, no quería que nuestros labios discutieran pegados, sin hablar, por si acaso me desmontaba la teoría (otra vez). 
Y sus brazos buscaban mi cuerpo.
Y mi cuerpo repelía sus brazos.

Y así pasó la discusión,
entre intentos de acercamiento,
y otros fallidos de alejarme.

Porque en el fondo sabía que aunque estuviéramos discutiendo,
aunque estuviera enfadada,
triste,
desganada
apagada
y sola;
no tenía nada que perdonarle.
Y eso me hacía odiarme.

Por eso, 
ese día discutimos.