Masoca me llaman.

Me siento fría.
Me sientas frío.
No como la baja temperatura de un en verano, congelado con respecto al ambiente, que refresca el calor que se pega a la piel.

Ni tampoco como el lado frío de la almohada en esas calurosas noches de verano. 

No.

Me sientas frío, como el café que dejas olvidarse en la encimera de la cocina, 
y que al recalentarlo, ya no es lo mismo.

Me sientas frío como esas mañanas de invierno en las que el viento corta la epidermis.

Me sientas frío como la mano de un cadáver putrefacto, o como la escarcha que no acaba de cuajar.

Me sientas frío como el agua de los charcos que atraviesa los calcetines y se aloja entre los dedos.

Me sientas frío como un esclavo enjaulado en su celda de piedra; como la soledad de un domingo de invierno. Como un corazón duro, de piedra.

Frío como la sensación de ponerse un collar metálico al salir de la ducha, empapada de vapor.

Me sientas frío, como el saber que ni yo soy para ti, ni tú eres para mi. Y que lo único que hacemos es perdernos en un laberinto, buscando el lugar donde más nos perjudique la llegada del invierno.

Masoca me llaman...

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