Cambio de fechas.

Quizás estoy aquí contándonos por primera vez mis alegrías, que no mis penas, por la sencilla razón de que son las cinco de la mañana y mi nivel de alcohol en sangre es mayor que el numero de pedazos en el que estoy rota, aunque en proceso de reconstrucción.

Quizás porque ese número por el que tantas veces he sentido el corazón partido en una infinidad de trocitos, está cambiando de significado.

O quizás porque los quinces son un día que hace exactamente un año, se convirtió en especial porque una persona maravillosa tuvo el valor de abrir las puertas de mi vida. Y bendito momento en el que no estaba cerrada con llave, para variar.

Quizás en estas noches de soledad entre almohadas y una mata de pelo al que la gente llama perro, son las perfectas para echar un vistazo a todo lo vivido.

Y es que cuando te peleas con la sábana, como si no quisiera dejarte entrar porque el día no ha terminado, si no que acaba de empezar, es cuando te percatas de lo rápido que pasa el tiempo, y de lo que cambia el espacio.

Y es que somos marionetas en nuestro propio teatro. Y cada uno mueve sus hilos a su antojo, aunque yo de eso, me di cuenta tarde.

Porque no hay un lunar fijo e inamovible al que tengas que atenerte. Si no que tienes cientos para elegir, y si con eso no te vale, nunca está de mas coger un boli y unirlos todos, como un camino que solo tú puedes elegir.

Y quizás tenga que ver que por un momento, miro atrás y me río de las adversidades. Me río en la cara de todos esos que juzgan con la mirada, y no con el corazón. Que si, que es cierto que la he cagado mil y una veces. Pero aún tengo la esperanza de poder hacerlo bien por una vez. 

Los comienzos son bonitos, eso no os lo tengo que decir porque seguramente lo sepáis mejor que yo. O quizás no, quién sabe.

Los finales, a trozos duelen, a trozos alegran. Pero son finales, y lo pasado hay que pisarlo, aunque recurra a tópicos. Siempre va a haber alguien dispuesto a entrar en tu vida y ponerlo todo patas arriba. O al contrario, a ordenarte la mente. Y es que cada uno elige su estilo de vida, pero siempre hay que tener presente las consecuencias, que no son pocas.

Y dos cojones no son suficientes para afrontar todas las hostias que te van a dar. Por eso siempre con las manos protegiéndote la cabeza, camina recto, de la mano de quien te conoce y te quiere.

Así que hoy, es mi despedida.

Mi despedida de todo aquello que me hizo daño, y que hoy en día muchas madrugadas me desvela entre sudores y pesadillas. 

Hoy es ese punto de inflexión en el que todo lo oscuro se va, y solo hay sitio para el perdón, aunque todavía tenga que disculparme con mucha gente.

Que yo no soy ni buena, ni la mejor. Solo intento vivir sobreviviendo en ese mundo de guerras. 

Pero ya esta bien de aguantar la rosa con la boca y de sangrar en las espinas.

Se acabó.

A nadie se le plantean situaciones que no pueda superar, y por eso, me siento orgullosa de quien soy y de cómo la vida me ha moldeado.

Quizás en estas noches de alcoholemia sean en las que te arrepientes de no haber dicho un 'te quiero' a tiempo, o de haberlo dicho demasiado.

Solo me queda dar las gracias a todas esas personas que me hacen grande día a día, o que me lo han hecho año tras año y, que por razones de cabeza o corazón, ya no podrán hacérmelo más. Al menos de momento.

Y dar la bienvenida a todas esas sonrisas que tanta gente lucha por sacarme. Pero de las de verdad. De las que no solo enseñas dientes, si no que la esbozas con los ojos. 

Gracias a todos los que me hacéis enorme, de una forma u otra. 

Y que aunque a veces mi corazón se esconda, ahora quiere salir y dejarse ver. 

Desprotegido y sin muro.


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