Y sin palabras acordamos ser eternos.

Nunca nos juramos fidelidad, pero nos fuimos leales. Tampoco nos cruzamos ninguna palabra bonita, pero bastaba con dejar hablar a las miradas. Ninguna foto adorna nuestro álbum, pero los recuerdos son imborrables. Nunca nos rozamos, pero sentíamos la calidez del otro con tanta fuerza que nos quemaba. Poco a poco, el cariño fue creciendo. Y sin juramentos, palabras bonitas, miradas, fotos ni caricias nos hicimos lo más importante para el otro. Y en el momento en el que nos tocó jurar, hablar, mirarnos, fotografiarnos y acariciarnos, lo hicimos con total placer, de al fin, poder consumar en aquello que tanto tiempo habíamos reprimido. Porque aunque fueran primeros momentos físicos, no lo fueron sentimentales. Yo ya te había jurado eternidad. Te había hecho entender que eras lo más importante en mi vida, y te había dedicado la más dulce de las miradas. No te había fotografiado, porque me bastaba con el repertorio que tenía en mi cabeza de tu hermoso rostro. Y mi mano te había acariciado en la distancia. 

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